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    11月4日

    LLUVIA DE VARIA LECCIÓN. José Luis Rivas

     

     

     

     

     

     

    LLUVIA DE VARIA LECCIÓN

    José Luis Rivas

     

    Uno

     

    A primera vista, Adolfo Castañón – lector suficientemente bueno de literatura y, en especial, de poesía – sitúa esta obra suya que hoy presentamos, según se lee en el umbral de la misma, dentro del terreno antológico no sin aclararnos que estamos ante una reunión de poemas aparentemente aleatoria que quiere “dejar constancia de un gusto y de un curiosidad” para con la poesía. Por lo demás, su Lluvia de letras –añade Castañón – “no es un libro escolar pero tampoco rehuye dar alguna lección. De hecho, la antología combina en su cuerpo un conjunto de comentarios que quieren situar la ´lluvia de letras` de los poemas y poetas en el paisaje de nuestra intemperie”, ya que “la poesía, el poema pueden ser entendidos como velos o cortinas capaces de defender al ser humano de la intemperie, de la orfandad.”

     

    Dos

    Pues bien; ¿de qué montón de frases, paisajes y encuentros azarosos somos los representantes? ¿Quiénes, o qué cosas, nos han vuelto lo que somos? ¿Quiénes, o qué cosas, han hecho de cada uno de nosotros ese que somos, y nadie más? Asimismo: ¿qué autores, o qué poemas, componen nuestra constelación poética? ¿Cómo presentarnos ante nuestros amigos, o nuestros eventuales lectores, si no con una precipitación de meteoros, precisamente compuesto por aquellos que arropan nuestra intemperie? ¿Cómo decir a nuestros amigos, o a nuestros eventuales lectores: este cúmulo de obras, o de trozos de ellas, son, para mí, la poesía - y lo son además por las virtudes que apunto a su respecto? “Cada lector ideal – dice Alberto Manuel, a quien pasaré a referido a menudo en adelante – es un lector asociativo. Lee como si todos los libros fueran obra de un autor eterno y prolífico.” Y añade: “El lector ideal lee toda la literatura como si fuera anónima.”  Y también:“Cuando lee un libro de hace siglos, el lector ideal se siente inmortal.” No otra cosa debe sentir Adolfo Castañón cuando tiene oportunidad, por ejemplo, de releer el Cantar de los cantares en una nueva versión.

     

    Tres

    Uno piensa que lee. Más bien: cree leer. Pues cada vez que uno relee, se da cuenta que no ha leído. Pasa como con una carta tediosa. En sus renglones encontramos lo que ya, de algún modo, andábamos buscando. Y nos damos por bien servidos. Después pasamos a clasificarla, a guardarla. Si volvemos a toparnos con ella, leemos otra carta, untexto completamente distinto del que habíamos leído antes.

    Los libros de tesis o de ensayo, sobre todo, nos juegan una trastada de mayor calibre y pelaje. Si no se corresponden con nuestro estado de ‘animo, con nuestro humor del. Momento, los criticamos, y esa crítica – que se traslapa enseguida a ellos – nos impide leerlos a cabalidad. No es fácil para el lector promedio aplicar inflexiblemente las reglas y normas que, según Goethe, cada libro crea para sí: “Hay tres clases de lectores: una, la clase de los que disfrutan sin juzgar; la segunda, de los que juzgan sin disfrutar; y otra entre estas dos, la de los que juzgan mientras disfrutan y disfrutan mientras juzgan. Esta última clase reproduce nueva y verdaderamente una obra de arte; sus miembros no son numerosos”. Adolfo Castañón, con los certeros y fruiciosos comentarios de su Lluvia de letras, dispensados a la muchedumbre de poemas y autores de su antología, nos prueba que pertenece a esa selecta clase (así como a otras más, según se verá más adelante), hecho que suscita en mí la más viva admiración.

     

    Cuatro

    Porque un lector lo que quiere es leerse. Al leer lo que aprueba, piensa que bien pudo haber escrito eso él mismo. Puede incluso tomar el lugar del libro, decir aquello que éste no ha sabido (o podido) expresar. Este devaneo, esta lindeza es, a primera vista, algo que linda con la más descabellada fatuidad. Pero (peor tantito) existe otra manía, y Adolfo Castañón no es el único lector/autor de la sufre. Supongo, por otra parte, que se le da a todo adicto a la lectura de poemas: los “blancos”de la página impresa en este caso parecen predisponer a ello. Sé – él mismo me lo ha contado – que cada vez que lee un poema que lo impresiona se dan en su cabeza una serie de sucesos de orden mental, qué digo, de orden fabular (confabular, corregiría Juan José Arreola). Le cuesta un gran esfuerzo seguir leyendo sin prestar oídos a esos fantasmas que, sin haber sido invitados, se despiertan reclamando ser bien atendidos ya que su testimonio trata siempre (e inopinadamente) de imponerse, y, lo que es peor, de dejar constancia ¡por escrito! de su imperiosa actividad. Y eso tal vez obedezca a que toda actividad poética es doble: la poesía se lee y se escucha, se dice y se escribe. La relación entre el ejercicio de la lectura y el de la escritura es inseparable y de naturaleza dialéctica. Todo lector de poesía rescribe mentalmente el poema que lee o escucha; y casi siempre desea escribir para sí mismo y para los otros. A mí, personalmente (triste ejemplo) me ocurre que al tiempo de leer un poema que me estremece no puedo seguir leyendo sin escribir, de mi propia mano, otro texto, presuntamente de orden poético y dentro del mismo diapasón, y suelo hacerlo a orillas del primero, como intrusa marginalia. Este texto – este tejido – es como una extensión del rizoma o de la madreselva en que me convierto durante el trance. Así veo brotarle – fantasmáticamente – al texto originario una serie de ramas o de raíces adventicias que sólo detenien su crecimiento para hacer posible la reanudación de la lectura, la que más adelante se verá de nuevo interrumpida para dar pie (o codillo) vegetal a nuevas prolongaciones, a nuevas intrusiones.

     

    Cinco

    Pero se dan también otros casos aledaños. Por ejemplo, cuanto más nos interesa un libros, tantas más veces lo leemos. Nuestra propia sustancia en él se desliza y lo estimamos de nuestro uso personal. Tanto nos reconocemos en esos textos, tanta es la emoción que nos provocan, que intentamos hacerlos nuestros, de algún modo y a toda costa. Comentarlos, desde luego, puede ser una forma de apropiárnoslos. Adolfo Castañón lo sabe.

    Cuando se trata de libros escritos en otro idioma llegamos al extremo de traducirlos para que pasen así a hablarnos del modo más propio: en nuestra misma lengua. Adolfo Castañón, por cierto, también aparece ganado por esta pasión febril: su versión española de María la Parda de Gil Vicente así lo patentiza. “El lector ideal – dice Alberto Manuel – es el traductor. Es capaz de disecar el texto, quitar la piel, cortar el hueso hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena y luego dar vida a un nuevo ser sensible. El lector ideal no es un taxidermista.”

     

    Seis

    La importancia de Lluvia de letras es, en mi opinión, triple: Primero porque propicia una lectura de más de 130 poetas iberoamericanos y no iberoamericanos, de Salomón (Rey de Israel, 972-932 a. de C.) a Alejandro Tarrab, nacido en la ciudad de México en l972. en segundo lugar, porque aguza el desarrollo de un juicio crítico – o mejor dicho: de una apreciación crítica – entre sus lectores mediante el examen en pormenor de poemas completos o fragmentarios de los autores incluidos; y en fin, porque muestra la continuidad de ese fenómeno proteico que denominamos poesía, desde el siglo IX antes de nuestra era hasta el presente siglo: Siete cantáridas, el último libro comentado en Lluvia de letras vio la luz impresa en el año 92001. Fenómeno proteico, he llamado a la poesía, pero también: fenómeno vivaz: frente a la mala prensa y las revistas de gran tirada (que fomentan la lectura breve y rápida), la lectura falta de sentido crítico, y difunden carretadas de información rara vez profunda y provechosa acerca de una multiplicidad de temas), frente al mal cine y la mala televisión, frente a la casi ubicua Red, frente a la poderosa publicidad que invade casi todos los intersticios de nuestra existencia: en fin, frente a todos los engranajes generadores de nuestra intemperie y orfandad, la poesía y sus cultivadores siguen siendo un foco de resistencia. Paz lo dijo admirablemente: ...lluvia de letras  sobre el paisaje del desamparo.

     

    Siete

    Una última cita de Alberto Manuel: “Un escritor nunca es su propio lector ideal.”

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