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11月4日 LLUVIA DE VARIA LECCIÓN. José Luis Rivas
LLUVIA DE VARIA LECCIÓN José Luis Rivas
Uno
A primera vista, Adolfo Castañón – lector suficientemente bueno de literatura y, en especial, de poesía – sitúa esta obra suya que hoy presentamos, según se lee en el umbral de la misma, dentro del terreno antológico no sin aclararnos que estamos ante una reunión de poemas aparentemente aleatoria que quiere “dejar constancia de un gusto y de un curiosidad” para con la poesía. Por lo demás, su Lluvia de letras –añade Castañón – “no es un libro escolar pero tampoco rehuye dar alguna lección. De hecho, la antología combina en su cuerpo un conjunto de comentarios que quieren situar la ´lluvia de letras` de los poemas y poetas en el paisaje de nuestra intemperie”, ya que “la poesía, el poema pueden ser entendidos como velos o cortinas capaces de defender al ser humano de la intemperie, de la orfandad.”
Dos Pues bien; ¿de qué montón de frases, paisajes y encuentros azarosos somos los representantes? ¿Quiénes, o qué cosas, nos han vuelto lo que somos? ¿Quiénes, o qué cosas, han hecho de cada uno de nosotros ese que somos, y nadie más? Asimismo: ¿qué autores, o qué poemas, componen nuestra constelación poética? ¿Cómo presentarnos ante nuestros amigos, o nuestros eventuales lectores, si no con una precipitación de meteoros, precisamente compuesto por aquellos que arropan nuestra intemperie? ¿Cómo decir a nuestros amigos, o a nuestros eventuales lectores: este cúmulo de obras, o de trozos de ellas, son, para mí, la poesía - y lo son además por las virtudes que apunto a su respecto? “Cada lector ideal – dice Alberto Manuel, a quien pasaré a referido a menudo en adelante – es un lector asociativo. Lee como si todos los libros fueran obra de un autor eterno y prolífico.” Y añade: “El lector ideal lee toda la literatura como si fuera anónima.” Y también:“Cuando lee un libro de hace siglos, el lector ideal se siente inmortal.” No otra cosa debe sentir Adolfo Castañón cuando tiene oportunidad, por ejemplo, de releer el Cantar de los cantares en una nueva versión.
Tres Uno piensa que lee. Más bien: cree leer. Pues cada vez que uno relee, se da cuenta que no ha leído. Pasa como con una carta tediosa. En sus renglones encontramos lo que ya, de algún modo, andábamos buscando. Y nos damos por bien servidos. Después pasamos a clasificarla, a guardarla. Si volvemos a toparnos con ella, leemos otra carta, untexto completamente distinto del que habíamos leído antes. Los libros de tesis o de ensayo, sobre todo, nos juegan una trastada de mayor calibre y pelaje. Si no se corresponden con nuestro estado de ‘animo, con nuestro humor del. Momento, los criticamos, y esa crítica – que se traslapa enseguida a ellos – nos impide leerlos a cabalidad. No es fácil para el lector promedio aplicar inflexiblemente las reglas y normas que, según Goethe, cada libro crea para sí: “Hay tres clases de lectores: una, la clase de los que disfrutan sin juzgar; la segunda, de los que juzgan sin disfrutar; y otra entre estas dos, la de los que juzgan mientras disfrutan y disfrutan mientras juzgan. Esta última clase reproduce nueva y verdaderamente una obra de arte; sus miembros no son numerosos”. Adolfo Castañón, con los certeros y fruiciosos comentarios de su Lluvia de letras, dispensados a la muchedumbre de poemas y autores de su antología, nos prueba que pertenece a esa selecta clase (así como a otras más, según se verá más adelante), hecho que suscita en mí la más viva admiración.
Cuatro Porque un lector lo que quiere es leerse. Al leer lo que aprueba, piensa que bien pudo haber escrito eso él mismo. Puede incluso tomar el lugar del libro, decir aquello que éste no ha sabido (o podido) expresar. Este devaneo, esta lindeza es, a primera vista, algo que linda con la más descabellada fatuidad. Pero (peor tantito) existe otra manía, y Adolfo Castañón no es el único lector/autor de la sufre. Supongo, por otra parte, que se le da a todo adicto a la lectura de poemas: los “blancos”de la página impresa en este caso parecen predisponer a ello. Sé – él mismo me lo ha contado – que cada vez que lee un poema que lo impresiona se dan en su cabeza una serie de sucesos de orden mental, qué digo, de orden fabular (confabular, corregiría Juan José Arreola). Le cuesta un gran esfuerzo seguir leyendo sin prestar oídos a esos fantasmas que, sin haber sido invitados, se despiertan reclamando ser bien atendidos ya que su testimonio trata siempre (e inopinadamente) de imponerse, y, lo que es peor, de dejar constancia ¡por escrito! de su imperiosa actividad. Y eso tal vez obedezca a que toda actividad poética es doble: la poesía se lee y se escucha, se dice y se escribe. La relación entre el ejercicio de la lectura y el de la escritura es inseparable y de naturaleza dialéctica. Todo lector de poesía rescribe mentalmente el poema que lee o escucha; y casi siempre desea escribir para sí mismo y para los otros. A mí, personalmente (triste ejemplo) me ocurre que al tiempo de leer un poema que me estremece no puedo seguir leyendo sin escribir, de mi propia mano, otro texto, presuntamente de orden poético y dentro del mismo diapasón, y suelo hacerlo a orillas del primero, como intrusa marginalia. Este texto – este tejido – es como una extensión del rizoma o de la madreselva en que me convierto durante el trance. Así veo brotarle – fantasmáticamente – al texto originario una serie de ramas o de raíces adventicias que sólo detenien su crecimiento para hacer posible la reanudación de la lectura, la que más adelante se verá de nuevo interrumpida para dar pie (o codillo) vegetal a nuevas prolongaciones, a nuevas intrusiones.
Cinco Pero se dan también otros casos aledaños. Por ejemplo, cuanto más nos interesa un libros, tantas más veces lo leemos. Nuestra propia sustancia en él se desliza y lo estimamos de nuestro uso personal. Tanto nos reconocemos en esos textos, tanta es la emoción que nos provocan, que intentamos hacerlos nuestros, de algún modo y a toda costa. Comentarlos, desde luego, puede ser una forma de apropiárnoslos. Adolfo Castañón lo sabe. Cuando se trata de libros escritos en otro idioma llegamos al extremo de traducirlos para que pasen así a hablarnos del modo más propio: en nuestra misma lengua. Adolfo Castañón, por cierto, también aparece ganado por esta pasión febril: su versión española de María la Parda de Gil Vicente así lo patentiza. “El lector ideal – dice Alberto Manuel – es el traductor. Es capaz de disecar el texto, quitar la piel, cortar el hueso hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena y luego dar vida a un nuevo ser sensible. El lector ideal no es un taxidermista.”
Seis La importancia de Lluvia de letras es, en mi opinión, triple: Primero porque propicia una lectura de más de 130 poetas iberoamericanos y no iberoamericanos, de Salomón (Rey de Israel, 972-932 a. de C.) a Alejandro Tarrab, nacido en la ciudad de México en l972. en segundo lugar, porque aguza el desarrollo de un juicio crítico – o mejor dicho: de una apreciación crítica – entre sus lectores mediante el examen en pormenor de poemas completos o fragmentarios de los autores incluidos; y en fin, porque muestra la continuidad de ese fenómeno proteico que denominamos poesía, desde el siglo IX antes de nuestra era hasta el presente siglo: Siete cantáridas, el último libro comentado en Lluvia de letras vio la luz impresa en el año 92001. Fenómeno proteico, he llamado a la poesía, pero también: fenómeno vivaz: frente a la mala prensa y las revistas de gran tirada (que fomentan la lectura breve y rápida), la lectura falta de sentido crítico, y difunden carretadas de información rara vez profunda y provechosa acerca de una multiplicidad de temas), frente al mal cine y la mala televisión, frente a la casi ubicua Red, frente a la poderosa publicidad que invade casi todos los intersticios de nuestra existencia: en fin, frente a todos los engranajes generadores de nuestra intemperie y orfandad, la poesía y sus cultivadores siguen siendo un foco de resistencia. Paz lo dijo admirablemente: ...lluvia de letras sobre el paisaje del desamparo.
Siete Una última cita de Alberto Manuel: “Un escritor nunca es su propio lector ideal.” La Gaceta del Fondo de Cultura Económica. 75 aniversario 1934-2009La Gaceta del Fondo de Cultura Económica Septiembre 2009 Número 465, página 13
Adolfo Castañón Haz de Gacetas
La Gaceta del Fondo de Cultura Económica tiene más de medio siglo de historia. Su antecedente es el Noticiero Bibliográfico del Fondo de Cultura Económica que se publicó entre los años 1941 y 1953. El primer número de La Gaceta aparece en septiembre de 1954. Esta publicación nacida bajo los signos de Libra y del Caballo en el horóscopo chino se presenta como un papelón bien impreso y de dimensiones parecidas al Times Literary Suplement y, entre nosotros, el Boletín Bibliográfico de la Secretaría de Hacienda, que inicia su publicación también en ese año. A partir de 1971 bajo la dirección de don Antonio Carrillo Flores en el Fondo de Cultura Económica, y la subdirección de Jaime García Terrés, La Gaceta cambia al formato que aún se conserva. Gracias al entonces joven poeta David Huerta quien se retiraría para trabajar en el proyecto de la Beca Guggenheim que acababa de recibir, me hice cargo de la redacción de la Gaceta en marzo de 1974. La Gaceta era entonces dirigida por el eminente poeta, políglota y diplomático Jaime García Terrés. Era una publicación modesta, impresa a dos colores, apenas engrapada pero no encuadernada. Se distinguía no sólo por los adelantos de libros diversos que publicaría la editorial o por los poemas y textos de creación eventual y esporádicamente editados entonces, sino por la columna, de tan grato recuerdo, llamada Litoral, escrita anónimamente por JGT, heredera del género de glosas marginales tan atinadamente practicada por Alfonso Reyes. Don Jaime, como lo llamábamos, escribía sus breves comentarios a lápiz y en hojas sencillas de blocks con letra pequeña pero legible que su secretaria Catalina Iparraguirre, “Catita”, pasaba en limpio para que don Jaime García Terrés los corrigiera. El reparto de esta suerte de correo menor de la editorial, los envíos al extranjero y el depósito legal ante la Secretaría de Gobernación los cumplía puntualmente el señor Loaeza quien, además, se desempeñaba como chofer del subdirector (el mismo JGT). Poco a poco, a partir de esos años, La Gaceta fue transformándose hasta llegar a ser una de las mejores revistas literarias y culturales de México, como acredita el “Diploma Premio Nacional de Periodismo y de Información 1987”, que recibió don Jaime García Terrés, junto con sus redactores —José Luis Rivas, Francisco Hinojosa, Adolfo Castañón— de manos del entonces presidente, el Lic. Miguel de la Madrid Hurtado, quien llegaría a ser Director de la editorial entre 1991 y 2000. Además de los mencionados Huerta, Rivas, Hinojosa y Castañón, la redacción de la Gaceta ha estado en manos de diversos autores como Juan Almela, Marcelo Uribe, Rafael Vargas, Jaime Moreno Villarreal, Alejandro Katz, David Medina Portillo, Tedi López Mills, Josué Ramírez, Luis Alberto Ayala Blanco, para hablar sólo de algunos. La Gaceta se hacía por fuera de la editorial, y era en las inmaculadas instalaciones de la Imprenta Madero donde Vicente Rojo y su equipo de diseñadores envolvían aquellas letras en el prístino celofán de su diseño. Nueva República de Babel. Adolfo Castañón en Bellas ArtesHistoria, música, letras y memoria a contracorriente. martes 24 de febrero de 2009Ulises Velázquez Adolfo Castañón en Bellas ArtesDesde hace más de cincuenta años, cuando fue instituido por Francisco Zendejas, el premio Xavier Villaurrutia de escritores para escritores, es un enorme y verdadero motivo para celebrar la buena salud de las letras mexicanas. Y no es para menos, dada la importancia del premio que se basa más en el talento que en las imposiciones de ciertas cúpulas, aunque, a veces, sea más un obituario adelantado que un mero espaldarazo. (Cuestión de enfoques.) La noche de hoy no fue la excepción, con la entrega de la presea correspondiente a 2008 al polígrafo y editor Adolfo Castañón por su libro Viaje a México, del cual, cabe decir, reúne una serie de ensayos en torno a varios autores queridos y admirados por él, como Alfonso Reyes y Octavio Paz, por decir algo.
Desde las 6 p.m, bajo las escalinatas del Palacio de Bellas Artes, lugar donde se hace la entrega anual del premio, ya se veía gente a la espera de ingresar a la sala Manuel M. Ponce y ser testigos del reconocimiento hacia un autor inclasificable como lo es Castañón. Quien esto escribe se encontró con Raúl Renán en la fila, y para cuando llegó la hora de ingresar al recinto, vio llegar a figuras de la talla de Federico Patán, Jaime Labastida, José de la Colina, Guillermo Sheridan, Concepción Company, José G. Moreno de Alba, Alicia Reyes, Víctor Díaz Arciniega, Andrea Martínez Baracs, Enrique Krauze, Jean Meyer, Beatriz Rojas, Mabel Hernández (hija del inclasificable Felisberto), entre otros. Sin embargo, una presencia que llamó fuertemente mi atención fue la de Marie Boissonnet, ¡¡mi maestra de Francés en la Universidad!!, a quien saludé luego de muchos años. (A medida que fuera transcurriendo la entrega, el misterio en torno a ella quedaría revelado.)
Pasadas las 7 p.m, y con la sala a su máxima capacidad, dio comienzo la ceremonia. Acompañaron al galardonado María Teresa Franco, Directora del INBA; Enzia Verduchi, Directora del Literatura; Silvia Molina, representante del jurado, y Alicia Zendejas, Secretaria de la Sociedad Alfonsina Internacional, institución que entrega el Premio Villaurrutia. Luego del discurso reglamentario de la funcionaria, y los hermosos textos de Alicia Zendejas y Silvia Molina, Adolfo Castañón leyó un no menos gratificante discurso de agradecimiento, casi una carta de amor a las letras. Inclusive, agradeció a todos los asistentes al evento, pero sobre todo a su esposa, con quien lleva más de 35 años de vida en común: Marie Boissonnet, ni más ni menos.
Al final de todas las formalidades del premio, comenzó el asedio de los medios de comunicación y los lectores a la caza del autógrafo y la fotografía del recuerdo. (Junto a dos Carlos muy queridos, Domínguez y Gorbea, me sumé a esa extraña fauna.) Castañón, casi haciendo alarde de ubicuidad, concedía una entrevista para TV UNAM, saludaba a Javier Garciadiego, recién llegado de Guadalajara, y dedicaba ejemplares de Viaje a México, Arca de Guadalupe y del discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. (Cuando dedicó este último a un servidor, era grande su curiosidad por saber dónde lo había conseguido, a lo que respondí: "En una librería de la UNAM, pero si quiere le busco uno...". Me agradeció sobremanera ese buen gesto.)
Junto a mis colegas, resolví disfrutar de los canapés y tomarme un buen coctel, mientras intercambiábamos experiencias y gratas coincidencias. Mientras Domínguez buscaba un trago más y Gorbea platicaba con Krauze, me acerqué a Marie para expresarle mi admiración y mis felicitaciones por el premio a su non esposo. ("¿Cómo conociste a Adolfo?", me dijo. "Leyéndolo...", respondí. Se veía contenta, verdad que sí.) De cualquier manera, no será la última vez que frecuente a su, al menos hoy, ilustre galardonado.
A las 9 en punto, como Cenicientas de las letras que somos, Gorbea, Domínguez y quien escribe emprendimos la retirada, con la satisfacción de haber estado en una gran y fastuosa celebración de la Literatura mexicana. Ojalá el siguiente año sea igual o mejor. Por ahora, levanto mi copa por Adolfo Castañón y su Viaje por México.
¡¡Enhorabuena!!
6月9日 Oración fúnebre por Alejandro Rossi (1932-2009)Adolfo Castañón
Oración fúnebre por Alejandro Rossi (1932-2009)
Nos hemos reunido aquí para dar con esta oración fúnebre un último adiós a nuestro querido amigo, maestro y padre intelectual Alejandro Rossi, Alejandro Rossi Guerrero, en esta ceremonia convocada por el gobierno de la República a través de la Secretaría de Educación Pública, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en este recinto de Bellas Artes en compañía de su esposa Olbeth y de sus hijos, nietos, amigos y compañeros de la Universidad Nacional Autónoma de México, El Colegio Nacional, El Colegio de México, el Fondo de Cultura Económica. “Todas hieren, la última mata”, dice Horacio, y a él, Alejandro Rossi, le acaba de tocar esa última hora que es también la primera de su ausencia. Nació Alejandro Rossi en la noble ciudad de Florencia, de madre venezolana y padre toscano. Corría por su sangre la heroica del general José Antonio Páez bajo cuya mirada parece haberse escrito ese libro prodigioso titulado La fábula de las regiones, que es como una sinopsis vivida y soñada de nuestra dolorida América y de la álgida Venezuela de sus amigos poetas y filósofos como Eugenio Montejo, Juan Nuño, Federico Riu y la de su hermano Félix. La Universidad Nacional Autónoma de México lo albergó desde principios de los años cincuenta; donde venía desde la profundidad cosmopolita —Buenos Aires, Florencia, Caracas— de aquel Edén, vida imaginada que luego nos regalaría Alejandro Rossi antes de morir como una joya que sólo se muestra al que sabe que va a morir. A Alejandro Rossi no le gustaban los patetismos fáciles ni hubiera aceptado la ficha bibliográfica como elogio fúnebre. Sin embargo, es inevitable empezar a hablar en voz alta de la asombrosa trilogía literaria —ya podemos romper el silencio— que arman Manual del distraído, La fábula de las regiones y Edén que han reinventado cada una el mundo de su género y juntas la prosa narrativa hispánica en su conjunto. Un largo y fecundo camino lo llevó a crear esas islas afortunadas del idioma: llegó primero a la ciudad de México poco después de cumplir veinte años procedente de Berkeley y, antes de Buenos Aires. El camino hacia esta casa llamada México se lo mostró Vicente Gaos quien vio en él buena madera, de discípulo ideal, para su hermano el filósofo José Gaos. Gaos le supo enseñar el camino de las ideas que es el camino, el rumbo de la crítica. “Este fue el nombre de la revista —Crítica— de filosofía analítica que fundaría años después con Luis Villoro y Fernando Salmerón en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la unam que fue como su segunda casa. Acaso por el ascendiente indirecto de José Gaos a cuyo seminario sobre la traducción de Ser y tiempo de Martin Heidegger asistiría Rossi acompañado de fieles conjurados —Villoro, Portilla, Uranga—, al terminar su tesis sobre Hegel, dirigió sus pasos hacia la cabaña de la Selva Negra donde sesionaba el seminario del filósofo alemán. Estudió ahí un par de años, pero de nuevo, la diosa crítica lo lleva a apartarse de ese pensamiento devorador y buscar otros horizontes en la filosofía británica y en el positivismo lógico de Ayer y Gilbert Ryle. La vocación crítica de Alejandro Rossi tenía no poco de poética y de ética, de lógica y de lúdica, algo sorprendentemente humano, humanísimo que llevaría a Alejandro Rossi a dejar de lado sólo en apariencia la filosofía para poner en prosa susurrada una inédita crítica al aquí, a nuestra opaca y sorda metafísica de las costumbres a la que él supo devolver su música de esferas en esa obra inagotable Manual del distraído, libro que a unos meses de publicado pasó a ser un clásico en parte por haber sabido resucitar a Borges, Bioy y Bianco. Ese es el primero de los tres libros con que se levanta la limpia arquitectura literaria de la obra de Alejandro Rossi. Mientras tanto, a Alejandro Rossi le gustaba conversar y darle la vuelta a la argumentación como si fuese una mascada de mago de donde iban saliendo palabras y conejos. Tal vez fue eso o su valentía de hombre libre y de amigo leal hasta el sacrificio lo que lo acercó a Octavio Paz y a toda esa constelación de amigos como Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Kasuya Sakai, Julieta Campos —entre los que se han ido— y Gabriel Zaid, Tomás Segovia, José de la Colina, Teodoro González de León, Fernando Pérez Correa y Enrique Gonzáles Pedrero entre los que aún nos acompañan. A Alejandro Rossi le gustaba conversar y era muy difícil despedirse de él porque al menor parpadeo volvía a enganchar el tren de la fábula y la idea. Además de ser maestro y escritor eminente, universitario cabal e íntegro ciudadano muy activo de la república de las letras, Alejandro Rossi supo ocasionar entre nosotros el genio y el arte de la conversación hasta despertar en sus interlocutores la misma pasión por las ideas que a él lo animaba, hasta despertar, de conversación en conversación, al genio de la ciudad, al genio de la Universidad… El arte de la conversación resucitado por Rossi en la universidad o fuera de ella es un arte civil, un arte política. Por eso la pérdida de Alejandro Rossi es una pérdida para la ciudad. Dije al principio que nos reuníamos para decir adiós a uno de los más altos pensadores y escritores mexicanos e hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo xx y de principios de este siglo. Debo corregir pues el que se va al morir, en realidad se queda en nosotros, velando silenciosamente por nosotros que nos quedamos huérfanos de él. Parafraseando a su amado Jorge Luis Borges sabemos que Alejandro Rossi nos sueña y nos acompaña, nos juzga y entra erguido como el día en la noche. Que solo se ha ido para hacernos adivinar cómo sería el mundo sin esa conversación magnética capaz de salvar el rostro de la ciudad con un par de frases inteligentes en sus imágenes y en sus semejanzas. Fare thee well and if forever, forever well.
Disco D.- México.- Alejandro Rossi.- Tercera versión: 9/06/09 ![]() 4月29日 “Si bebe agua de este pozo nunca saldrá del pueblo”Adolfo Castañón “Si bebe agua de este pozo nunca saldrá del pueblo” Premio Xavier Villaurrutia 2008 Viaje a México
Muchos leen un libro teniéndolo en su poder y no saben qué leen ni saben entender Otros poseen cosas preciadas de valor pero no las estiman cual deberían hacer.
El Arcipreste de Hita Décimo tercera Dama La Marja Doña Gómez
La historia de Viaje a México se podría remontar a varios momentos: En un extremo, hasta poco antes del nacimiento del autor, cuando, a fines de 1951, se encontraron un domingo por la mañana, las miradas de la Dra. Estela Morán Núñez y el Lic. Jesús Castañón Rodríguez y poco tiempo después decidieron vivir juntas en los ojos del hijo futuro; en el otro, cuando Klaus D. Vervuert decidió proponerme en diciembre de 2005 que le diera un texto para que formara parte de su catálogo —sin saber yo que con ese libro se iniciarían las actividades de la editorial Iberoamericana en México en colaboración con Juan Luis Bonilla y Benito Artigas. En medio, otros momentos, por ejemplo: cuando (hacia 1966) llegó el primer extranjero —un francés filósofo exdiscípulo de Michel Serres— que trabajaba en Nueva York como taxista— a pasar una temporada a casa de mis padres. O bien cuando salí en una excursión hacia Oaxaca en una motocicleta BMW para ver el eclipse total de sol con Enrique Alatorre —el hermano menor de Antonio—,Yolanda, su esposa y sus hijos Argel e Iris, Moisés Gamero y Jacobo Chenzinsky, quienes me hicieron sentir, por su forma tan distinta de ser, acaso influida por Erich Fromm, Ejo Takata, el monje zen, o por sus amigos intelectuales tal Jorge Ibargüengoitia o José de la Colina, como ajeno a mi propia familia, peregrino en mi patria o en fin, cuando recibimos en casa a la mítica y chimuela Alcira Soust Scaffo —evocada por Elena Poniatowska y por el infrarrealista Roberto Bolaño—; casi todo un año hasta que un día mi madre, Santa Dentista, le dijo que tenía que escoger entre irse de la casa o dejarse arreglar la boca —Alcira comprendería bien que no era una buena publicidad para alguien de ese oficio (“en casa del herrero…”) tener en casa a una belleza desdentada. Detrás del libro Viaje a México discierno una cuestión ética o, para decirlo con Paul Ricoeur, del sí mismo como otro. En la composición del manuscrito se fueron primero sumando y luego restando muchos textos (una primera versión incluía 82 textos y más de 500 páginas tamaño carta) hasta dar con la forma del libro en cuestión que sólo incluye 39 y tiene menos de 375 pp. Entre sus páginas palpita la pregunta: ¿quién soy?, ¿de dónde venimos? A mí ciertamente me costó trabajo darme cuenta de que la biblioteca de mi padre —a quien está dedicado uno de los capítulos del libro— no era México sino que estaba en México y que él era, para decirlo pronto, un hijo de su circunstancia, nacido en 1916, —un año antes de la Constitución de 1917 a la que cuidaba como una hermana menor—, formado en la escuela nacional preparatoria de San Ildefonso y en la Facultad de Derecho bajo la tutela de sus maestros Virgilio Domínguez, mi padrino Adolfo Menéndez Samará —cuyo nombre llevo—, Eduardo García Maynez, César Sepúlveda y Antonio Martínez Báez. Compañero de escuela de Ricardo Garibay, Manuel Calvillo, Gastón García Cantú, Jesús Reyes Heroles, Moisés González Navarro y Susana Francis, en fin, amigo de Manuel Porrúa, Andrés Henestrosa, René Avilés (padre) y Raúl Noriega Ondovilla. Me costó, como digo, trabajo, años, diría la longevidad, darme cuenta de que ese señor que presumía de haber visto a los Octavios —Barreda y Paz— en el Café París junto con León Felipe, Jorge Cuesta, Alí Chumacero y Xavier Virraurrutia, era mi padre y que no sólo había nacido en México sino, que en algún momento de su vida, había decidido hacerse mexicano, ser “voluntario de México”, como diría Alfonso Reyes con quien, por cierto tomó el curso de invierno 1941-1942, sobre la Antigua Retórica, según consta en un diploma de la Universidad Nacional Autónoma de México, fechado el 15 de febrero de 1942 y firmado por el Rector Mario de la Cueva. ¿Cómo le había hecho? ¿Cómo le habían hecho para sentirse a gusto en el país y no salir corriendo de aquí o vivir alimentándose del odio al país natal, para citar a Leopardi, o fingir que vivían en otra parte? Durante mucho tiempo traje enterradas estas preguntas como aguijones en la garganta. A veces en la noche, me despertaba con un sentido de asombro y extrañeza, como si hubiesen cantado en mi interior, uno después de otro, los gallos de Sócrates y de San Pedro: ¿Qué hago aquí? ¿De qué se trata esto? Y por la mañana al ver a la gente en la calle, tan atareada y ensimismada, o tan despreocupada como alegre comadre de Windsor, me preguntaba si no estaría disimulando, si no sentiría en el fondo lo mismo que yo. De niño prefería la compañía de los amigos de mi padre o de las amigas de mi madre a la de los muchachos de mi propia edad. Pero a partir de que en la adolescencia empezaron a llegar a mi casa visitantes extranjeros, me incliné hacia esos extraños y me transformé en guía de forasteros. Por una razón: esa gente —digamos la psicóloga canadiense a la que acompañé a Guanajuato— no sólo me divertía sino que, en cierto modo, me ayudaba a sobrevivir y alimentarme, me enseñaba, por ejemplo, que las alegrías de amaranto y obleas pintadas de colores que se vendían por la calle y que mucho antes habían servido de adorno comestible en los altares sacrificiales prehispánicos, como panes de panespemia, eran apetitosas; que aquellas vasijas metálicas llenas de granos de maíz eran sabrosas aunque en casa no comiéramos ezquites…; que las peregrinaciones religiosas podrían ser interesantes sobre todo si no se era creyente…; en fin, que se podía ir a una iglesia no a rezar ni a confesarse sino a tomar clases de historia del arte. Estas experiencias me llevarían a leer como si fueran libros de aventuras —y de hecho lo eran— los relatos de los viajeros extranjeros por México o que aquí se reencontraron a sí mismos con todo y su desarraigo y desconcierto: D.H. Lawrence, Malcom Lowry, Aldous Huxley, Antonin Artaud, la Marquesa Calderón de la Barca, y desde luego, mucho más tarde, el Viaje a México de Paul Morand, traducido por Xavier Villaurrutia. Por cierto, el francés Paul tiene en común con el mexicano Castañón un rasgo: como mi segundo apellido es Morán, los dos viajes a México son obra de un Moran(d). A la pregunta de quién soy la acompañaba en paralelo otra: ¿y quiénes son esos multitudinarios que se dicen mexicanos y se ufanan de serlo? ¿De dónde les viene ese orgullo de vivir en un país donde la vida no vale nada pero donde se hacen peregrinaciones a la Virgen? ¿No tienen vergüenza? ¿Qué les dieron? Y me venía a la mente una voz como de leyenda: “si bebe agua de este pozo, nunca saldrá del pueblo”. Me preguntaba dónde estaba el pozo. Tuve que dar largos rodeos. Para abreviar, diré que tuve la fortuna de tener, además de mi padre, algunos maestros y amigos. A muchos de ellos le dedico ensayos o retratos en Viaje a México o aparecen mencionados en sus páginas: Alfonso Reyes, Octavio Paz, José Luis Martínez, Ernesto Mejía Sánchez, Álvaro Mutis, Augusto Monterroso, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Gabriel Zaid, José de la Colina, Alejandro Rossi, Leopoldo Zea, Jaime Reyes, Elsa Cross, Huberto Batis, Jaime García Terrés, José Luis Rivas, Christopher Domínguez, Guillermo Sheridan. ¿No será casual que muchos de ellos hayan sido premios Xavier Villaurrutia? ¿Dónde estaba ese pozo? Tomaré un ejemplo. Octavio Paz en su libro Xavier Villaurrutia en persona y en obra lee unos versos del autor de Nostalgia de la muerte en que descubre la presencia de otros escritores como en un palimpsesto. Así discierne a Jules Supervielle tras un poema de Xavier Villaurrutia quien mejora la fuente de su inspiración:
Saisir Saisir, saisir le soir, la pomme et la statue, saisir l’ombre et le mur et le bout de la rue.
Saisir le pied, le cou de la femme couchée Et puis ouvrir les mains. Combien d’oiseaux lâchés,
Combien d’oiseaux perdus qui deviennent la rue, l’ombre, le mur, le soir, la pomme et la statute.
El poema de Xavier tiene trece líneas, está en versos libres sin rima y a partir de la tercera línea la semejanza con el poema de Supervielle empieza a disiparse hasta desaparecer del todo en las siguientes. Los elementos del poema de Villaurrutia son muy distintos y hasta opuestos —fichas en lugar de pájaros— y su movimiento general consiste en una metamorfosis que se revela como una condenación: la estatua despierta sólo para decir que está muerta de sueño. El poema de Supervielle es crepuscular, el de Villaurrutia es un nocturno (…)
Nocturno de la estatua
Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera y el grito de la estatua desdoblando la esquina.
Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito, querer tocar el grito y sólo hallar el eco, querer asir el eco y encontrar sólo el muro y correr hacia el muro y tocar un espejo, Hallar en el espejo la estatua asesina, sacarla de la sangre de su sombra, vestirla en un cerrar de ojos, acariciarla como a una herramienta imprevista y jugar con las fichas de sus dedos y contar a su oreja cien veces cien cien veces hasta oírla decir: “estoy muerta de sueño”.
Paz, en ese hermoso libro cuadrado color violeta de 16 cm de ancho X 22 cm de alto y 1 cm de grosor, que lleva 10 ilustraciones de Juan Soriano —tan amigo de Xavier Villaurrutia— y acompaña una elegante iconografía y fue impreso el 25 de agosto de 1978 en la Imprenta Madero bajo la mirada vigilante de Vicente Rojo, Paz da, en ese ensayo, distintas claves para entender el vaivén entre tradición, traducción y talento individual. Un vaivén que apuesta siempre al enriquecimiento y está gobernado por la búsqueda de lo excelso. “’Suite del insomnio’ —dice más adelante Paz— revela una lectura atenta de Tablada y en Aire y Cézanne hay ecos de Carlos Pellicer”. Casi se podría decir que a Paz —y con razón— sólo le interesaba un poema o un poeta en la medida en que éste sabía pulsar los armónicos invisibles de la tradición, para echar mano de la fórmula del crítico y filólogo Amado Alonso. Al publicar en 1978 —hace 31 años— una modesta reseña de este libro de Paz advertía y señalaba al paso que este ensayo “no sólo [es] un comentario sobre la obra de Villaurrutia sino —lo cual es mucho más importante— el texto más acusadamente villaurrutiano de Octavio Paz, un texto donde, para decirlo con la voz de Paul Valéry, desde las profundidades del juez, nos habla el culpable”. Era un paso —ya se ve— alambicado y barroco como el mío adolescente. Paz me llamó de inmediato por teléfono para agradecérmela pero en su comentario oral me dijo algo sobre la observación en cuestión que yo traduje en mi interior como “por ahí va la cosa”. Iba en efecto por ahí. Con los años descubriría que, sin salirnos de Paz, detrás del Nocturno de San Ildefonso estaba el San Ildefonso de Alfonso Reyes y que, antes de La otra voz del autor de Los hijos del limo, estaba la plaquette Otra voz de Alfonso Reyes y que detrás del “Óyeme como quien oye llover” de Paz había versos de Bergamín y, ¿quién lo diría?, de Unamuno. Pero, volviendo a Xavier Villaurrutia, atrás o debajo de algunos de sus versos sonámbulos yacen o se yerguen no sólo Ramón López Velarde, Jules Supervielle o Paul Valéry, sino los nuestros: Luis G. Urbina, Amado Nervo, José Juan Tablada, Leopoldo Lugones, Rubén Darío y el propio Alfonso Reyes. Años después yo descubriría —atención tesistas— que del libro en cuestión Xavier Villaurrutia en persona y en obra sólo sobrevivieron en el ensayo recogido en el Vol. IV “Generaciones y semblanzas” de las Obras completas de Paz unos cuantos fragmentos. Además, se rescata en ese libro uno de los últimos poemas que Xavier Villaurrutia escribió. El poema se encontraba en la última página de Libertad sobre palabra, en el ejemplar que Paz le había regalado a Xavier Villaurrutia y que a la muerte de éste le fue caballerosamente restituido por Elías Nandino, “Xavier —dice Paz— lo había mandado empastar y lo había anotado con cuidado. En la última página había escrito con su letra clara y menuda, un poema de cuatro líneas, probablemente uno de los últimos que escribió: Palabra. Lo leo como un oblicuo comentario a mi libro y a la poesía: “Palabra que no sabes lo que nombras. Palabra, ¡reina altiva! Llamas nube a la sombra fugitiva de un mundo en que las nubes son las sombras”.
Esta agua, como la he llamado, es la de la tradición y la traducción y aquí ya debería empezar a hacer trazos con el otro lado del lápiz. “Todo lo que no es tradición es plagio”, sentencia la voz solar y cruel de Eugenio D’Ors. Dicho de otro modo y toda proporción guardada, de la misma manera en que es imposible concebir algo que esté fuera de la naturaleza —pues el progreso y la industrialización son en primer lugar síntomas de esas fuerzas titánicas que mueven y sacuden la gran cadena del ser—, de esa misma manera, resulta difícil decir o escribir algo que no tenga un parentesco o un modelo con enunciados previos, es decir, tradición. Pero, ya se sabe, al menos desde Juan de Mairena: sin excepción, no hay regla. Esa dificultad desafiante como esfinge tiene un nombre o si se quiere una máscara: se llama el presente, se llama uno mismo. ¿Cómo llegar a eso que casi no existe y que se encuentra, como diría Octavio Paz, al final de su ensayo sobre Xavier Villaurrutia, entre, entre el pasado y el porvenir?
“En esa zona vertiginosa y provisional que se abre entre dos realidades, ese entre que es el puente colgante sobre el vacío del lenguaje, al borde del precipicio, en la orilla arenosa y estéril, allí se planta la poesía de Villaurrutia, echa raíces y crece. Prodigioso árbol transparente hecho de reflejos, sombras, ecos. El entre no es un espacio sino lo que está entre un espacio y otro; tampoco es tiempo sino momento que parpadea entre el antes y el después. El entre no está aquí ni es ahora. El entre no tiene cuerpo ni substancia. Su reino es el pueblo fantasmal de las antinomias y las paradojas. El entre dura lo que dura el relámpago (…) El entre es el pliegue universal. El doblez que, al desdoblarse, revela no la unidad sino la dualidad, no la esencia sino la contradicción. El pliegue esconde entre sus hojas cerradas las dos caras del ser; el pliegue, al descubrir lo que oculta, esconde lo que descubre; el pliegue, abrir sus dos alas, las cierra; el pliegue dice No cada vez que dice Sí; el pliegue es su doblez: su doble, su asesino, su complemento. El pliegue es lo que une a los opuestos sin jamás fundirlos, a igual distancia de la unidad y de la pluralidad. En la topología poética, la figura geométrica del pliegue representa al entre del lenguaje: al monstruo semántico que no es ni esto ni aquello, oscilación idéntica a la inmovilidad, vaivén congelado. El pliegue, al desplegarse, es el salto detenido antes de tocar la tierra —¿y al replegarse? El pliegue y el entre son dos de las formas que asume la pregunta que no tiene respuesta. La poesía de Villaurrutia se repliega en esa pregunta y se despliega entre las oposiciones que la sustentan: ¿Quién medirá el espacio, quién me dirá el momento en que se funda el hielo de mi cuerpo y consuma el corazón inmóvil como la llama fría?”[1]
¿Cómo llegar a uno mismo y salir del solitario laberinto que es el pecho y de la caverna platónica de la mente? ¿Cómo mirarse al espejo? ¿Cómo conocer y cómo reconocer? Se necesita una mirada, la de otro, la del prójimo, la mirada del otro. Por eso me ha dado tanta alegría este Premio Xavier Villaurrutia que, como tantas cosas en mi vida, llegó rodeado de un ramo florido de coincidencias y casualidades. “Xavier se escribe con equis” yo estaba en Oaxaca cuando mi amiga, Ma. Teresa Franco, Directora del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, me llamó para anunciármelo. La primera persona a quien hablé fue a mi amigo, el librero Enrique Fuentes, quien me dijo: “Te tengo una sorpresa”, yo también, le respondí, ¿Cuál es la tuya?: “Tengo para ti un ejemplar de Laurel, [la antología de poesía hispánica hecha por Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Emilio Prados, Juan Gilbert y publicada por la editorial Seneca] ¿Y tu sorpresa?”. A mí me dieron un Laurel, el Premio Xavier Villaurrutia 2008. Por supuesto, nos reímos. Los días siguientes, al ver la prensa en distintos periódicos, aparecía junto a mi nombre y la noticia del Premio, la noticia de la muerte del pintor Andrew Wieth, autor del cuadro El mundo de Cristina de 1948, cuadro que muestra una mujer arrastrándose en un campo vacío dominado por dos casas. Da la casualidad que tengo una reproducción ese cuadro exactamente frente a mí, en mi escritorio de Copilco. Hubo otras coincidencias cuya exposición le ahorro al público pues este género —el de las causalidades— puede ser muy tedioso para quien no se encuentra atrapado en su red. El Premio Xavier Villaurrutia significa para mí un acto de reconocimiento por parte de un grupo de escritores que leen, representados por Silvia Molina, Daniel Leyva y Federico Patán, Enzia Verduchi hacia un lector que escribe. Un jurado de lujo auspiciado por la Sociedad Alfonsina organizadora de este premio. Reconocimiento es una palabra preñada de implicaciones poéticas y filosóficas: Luego de su travesía Ulises es reconocido por su perro, su criado, su esposa y su hijo; Atenas reconoce a Sócrates a través de la cicuta; Antígona se entrega a la muerte porque la ciudad no quiere reconocer el cadáver de su hermano como hijo de la ciudad; Jesucristo reconoce a Judas en el tiempo mítico en que le anuncia a San Pedro que lo negará tres veces. La universidad reconoce a sus maestros e investigadores eméritos, mientras que el médico, a su vez, practica a sus pacientes otro tipo de reconocimientos. Ni Xavier Villaurrutia, ni Gilberto Owen, ni José Gorostiza, ni Jorge Cuesta tuvieron ningún premio, en aquellos tiempos había mecenazgo pero no había becas, ni estímulos. Sin embargo, fueron reconocidos, es decir, leídos y saludados, por Alfonso Reyes, Octavio Paz, Alí Chumacero y José Luis Martínez, quienes no sólo los leyeron y releyeron, los transcribieron sino que los reescribieron y hasta reeditaron (con Martínez y García Terrés) —esa forma de salvar— sus obras y sus revistas. El secreto de la fama, para evocar el nuevo título de Gabriel Zaid, no estaba tan mercantilizado ni tan amenazado por los discursos ideológicos y partidarios como ahora y el papel del escritor como ciudadano no estaba tan sujeto al Cheque y carnaval, título de mi segundo libro que tuve el honor de ver reseñado por Francisco Zendejas, en su columna de Excélsior, fundador de este Premio Xavier Villaurrutia cuya sombra saludo desde aquí, junto con la presencia de Alicia Zendejas, al entrar a su casa como hijo pródigo en este martes de carnaval. La salud de una ciudad se puede medir por la calidad de sus reconocimientos, y la mexicana le debe a la Sociedad Alfonsina, a sus fundadores e integrantes un agradecimiento por haber sabido dar consistencia y continuidad a este reconocimiento. Yo se lo debo a las letras que alguna vez aprendí a deletrear en las rodillas de mi madre y los brazos de mi padre y en los escritorios de mis maestros y amigos, también se lo debo a mi familia y a mi esposa Marie Boissonnet quien me acompaña desde hace casi 35 años y al apoyo de mis asistentes. Gnosis y anagnorisis, conocimiento y revelación— que tengo el honor de recibir de manos de mis amigos y lectores [Silvia Molina, Daniel Leyva, Federico Patán, Alicia Zendejas, Enzia Verduchi y María Teresa Franco]. Muchas gracias. [1] Octavio Paz, “Xavier Villaurrutia en persona y en obra”, Generaciones y semblanzas, Obras completas, tomo 4, Circulo de Lectores/Fondo de Cultura Económica, México, 2003, p. 277. |
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